Capítulo II:

De la minería a la agricultura sustentable: Una competencia en desventaja

Los productores tienen la convicción de seguir utilizando sus tierras para el cultivo de cacao como estrategia para recuperar hectáreas de bosque deforestado por diferentes usos, pero auguran que el avance de la minería es inminente y que solo es cuestión de tiempo para que sus predios sean invadidos si el Estado no les protege.

Laura Clisánchez – 9 de julio 2023

 

Le pido a Dios todos los días que no encuentren minerales en esta montaña”

Gerardo Velazco, productor de cacao

Un puesto de control de la Corporación Venezolana de Minería (CVM) es lo primero que se ve en la entrada de Guarataro, una población rural de vocación agrícola ubicada en el municipio Sucre, a dos horas y media de la capital del estado, Ciudad Bolívar. 

Pese a pertenecer a un Área Bajo Régimen de Protección Especial (Abrae), que involucra el Área Protegida (AP) del Parque Nacional Caura, Guarataro tiene una tradición agrícola de más de 50 años, estiman sus pobladores. 

Dentro de su bosque, cercado entre cerros y montañas, al menos 36 productores cultivan el cacao y lo consideran como una actividad económica que, de sistematizarse,  permitiría reforestar las tierras de la cuenca del Caura arrasadas por la minería, tráfico de maderas, cría de ganado y agricultura intensiva. 

De manera que el cacao crece en la zona como puede a la sombra de plantas de plátano, aguacates, mandarina, pomalaca y árboles de cedro, sarrapia y apamate. 

Santa Sofía y el Manantial del Cacao

Sabes que estás en El Manantial del Cacao, una de las fincas más antiguas de Guarataro,  propiedad del agrónomo Gerardo Velazco, cuando en un punto del camino lo único que se ve son las hileras de hojas coloridas que como columnas se ciernen hasta formar un cintillo que invita a recorrer la vereda por las siguientes 10 hectáreas de terreno.

Ubicado en el sector Palo Quemado, un área de dos mil hectáreas a una hora de distancia del pueblo de Guarataro, el Manantial del Cacao es la finca más grande de la zona y una de las únicas dos que se dedican exclusivamente a la producción del grano. 

Las dos grandes cosechas de cacao se recogen entre junio y noviembre. Pero en abril, aunque no hay tanta faena, quien visite la hacienda verá la mayor parte de las plantas ataviadas con maracas de cacao a punto de madurar. “Bolívar es el único lugar donde verás este fenómeno, verás cacao todo el año. Cuando no hay en otra parte, vienen para acá porque saben que siempre hay”, dice Velazco. 

El hombre de 67 años llegó a Guarataro en 1983. Con él, se trajo semillas de las zonas que lideran la producción del cacao en el país: Chuao, en el estado Aragua, del Sur del Lago de Maracaibo, en el estado Zulia, y de Río Caribe, en el estado Sucre. Luego, las sembró en su hacienda. 

Velazco estima que de su hacienda de 10 hectáreas (9.500 plantas productivas), sacó 50 toneladas de cacao seco en la última faena de 2022.

Otros productores también se animaron a sembrar cacao en sus predios de forma empírica, en una o tres hectáreas de terreno.  Aunque las hectáreas productivas de los demás cacaocultores son más pequeñas, el agrónomo estima que cada uno saca 10 toneladas de cacao cada 15 días. 

Con esos cálculos, proyecta que de la zona pueden salir como mínimo 120 toneladas de cacao porcelana, cristal y carmín (criollos) en 2023.

A juicio de Velazco, la cuenca del Caura tiene de las mejores semillas de cacao, con calidad F1 (fino de aroma).

La mayoría de quienes trabajan la tierra en la cuenca del Caura lo hacen en terrenos invadidos en Áreas Bajo Régimen de Administración Especial (Abrae) mientras que unos pocos tienen permisos de permanencia otorgados por el Instituto Nacional de Tierras (INTI). Es por eso, y por el monopolio de guías de traslado, que no hay registros oficiales del volumen de producción del cacao que sale de ahí, lo que propicia el contrabando. Al final, el cacao sale sin dejar huellas.

La falta de conocimiento técnico sobre el manejo agronómico y la calidad genética de las semillas condena la producción al monopolio de intermediarios. 

Si el agricultor no tiene la certeza del valor del cacao que sale de sus tierras, no es él, sino el intermediario quien impone el precio del producto, que pasa a costar menos de lo que costaría un litro de refresco: 1.5 dólares por kilogramo. 

Este precio es mucho menor a lo que estaría dispuesta a pagar una empresa chocolatera o artesanos del chocolate, que suele oscilar entre los tres y cinco dólares por kilogramo. 

Todo esto sucede mientras en el mercado internacional el grano se cotiza a 2.600 dólares por tonelada en promedio.

Al hecho de tener que vender el cacao a precios insostenibles para la estructura de costos de los productores, se suma la amenaza de la expansión de la minería.

Cada tanto se escucha el rumor de una bulla de oro cerca de los predios, sobre todo en las quebradas. Es entonces cuando quienes trabajan la tierra se convierten en centinelas de sus haciendas, aunque no tienen claro cómo defenderlas en caso de que mineros y los grupos armados que controlan la actividad extractivista invadan alguna unidad de producción tal como sucede en otros municipios mineros como Sifontes y El Callao. 

Pero esta no es la única forma en la que la minería amenaza los cultivos de cacao. A menudo, los cacaocultores trabajan en sus predios con poca mano de obra disponible, pues la mayoría de los obreros pasan varios meses en alguna de las cinco minas que rodean los cacaotales ubicados en la cuenca del Caura: La Tigrera, Cochanera, La Colonial, El Silencio y Puerto Cabello. Cada una, a una distancia mínima de 40 minutos, y máxima de dos horas en promedio de las unidades de producción. 

“Los trabajadores que he tenido aquí me dicen que es mejor un punto de oro que un día de trabajo, ¿cómo compites con eso?”, se pregunta.  

Los predios se quedan, además, sin una gota de combustible pues las cisternas que llegan se van directo a las minas. La última vez que los productores vieron llegar una cisterna de combustible para despacho regular fue en enero de 2023. 

“Nosotros podríamos producir más, pero no tenemos suficiente mano de obra con la que contar, ni suficiente combustible”, dice Velazco con descontento. 

“Atados de pies y manos”, es como Albe Gorrín, productor de cacao y presidente de la Asociación de Productores de Cacao del estado Bolívar (Asocacao), describe la situación de los cacaocultores de la zona. 

El hombre está convencido de que la mejor forma de permitir que las comunidades indígenas y criollas que viven en el bosque tengan un ingreso digno en el corto y mediano plazo es a través del cultivo del cacao y el café. 

“Pero tenemos que sentarnos todos los actores involucrados para trabajar en ese sentido, porque nos rodea la minería y se nos hace cuesta arriba mantener nuestras unidades productivas”, opina. 

Desde hace cinco años y a través de Asocacao, Gorrín intenta unificar la producción de cacao en Bolívar, llamar la atención del Estado para la tecnificación de los predios y promover la estandarización del tratamiento poscosecha del grano para hacerlo más competitivo en términos de comercialización. Proyección que, a falta de políticas agrarias sustentables, parece lejano. 

Gorrín insiste en la necesidad de destinar áreas exclusivamente para la agricultura (con un manejo agronómico controlado) y diseñar políticas que eviten el cambio del uso de la tierra hacia la minería.

 “Cuando entre la minería ahí no va a quedar nada, ¿qué es lo que realmente queremos para el futuro, una tierra devastada o una tierra apta para cubrir las necesidades de nuestras comunidades?”, cuestiona. 

Ahora bien, en este punto no hay que perder de vista que la actividad agropecuaria en la cuenca del Caura – y en toda la Amazonía – también contribuye con la degradación de los bosques.

De hecho, en Bolívar se concentra la mayor cantidad de impulsores del cambio del uso de la tierra, que es cuando se transforma la capa vegetal original del suelo para utilizarlo con otros fines, como la agricultura. Es la actividad agropecuaria y no la minería la que lidera el cambio del uso de la tierra en áreas naturales protegidas en la Amazonía venezolana. A esta conclusión llegó la ONG Provita en su estudio sobre la cobertura y uso de la tierra en la Amazonía venezolana, publicado en 2021.

Con herramientas de geolocalización, Provita determinó que la actividad agropecuaria en la Amazonía venezolana cubre 2,3% del territorio, mientras que la minería cubre 0,1%. 

El norte de la zona del Caura, su parque nacional incluido, es uno de los siete puntos calientes de actividad agropecuaria identificados por Provita. 

Cada hectárea sembrada de maíz, yuca, plátano, o algún otro rubro, implica la tala de árboles de todo tipo y la posterior quema que fertiliza el suelo solo temporalmente, hasta que progresivamente pierde sus nutrientes.

La discusión se centra entonces en promover un uso más eficiente del suelo sustituyendo las prácticas no sustentables por agroforestería, especialmente dentro de las zonas protegidas. Para esto, indican especialistas, el cacao puede ser un rubro clave. 

Un cultivo que sana la tierra

Algunos productores de Guarataro ven en el cacao una oportunidad para reemplazar otros cultivos como la yuca, el ñame, el ocumo y el maíz que deforestan las montañas,  por sistemas agroforestales que en palabras de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) son: “un sistema de manejo dinámico y ecológico de los recursos naturales que, bien a través de la integración de los árboles en las fincas y en los paisajes agrícolas o bien a través de la producción de productos agrícolas en los bosques, diversifica y sustenta la producción con objeto de incrementar los beneficios económicos, sociales y ambientales de los usuarios”. 

La idea es reforestar zonas intervenidas por la agricultura y la minería con plantas que además de contribuir con la recuperación del suelo, generen  beneficios económicos, como el cacao. Las plantas de cacao son un secuestrador clave de CO2, y sus hojas, cuando caen componen una alfombra que protege los nutrientes del suelo. Su cultivo también requiere la sombra de árboles de copa. En otras palabras, además de generar desarrollo, puede sanar la tierra deforestada.

“A pesar de todo, estos siguen siendo suelos fértiles con buenas características de humedad relativa que lo hacen favorable para la plantación de cacao. Pero tenemos estas áreas porque hemos intervenido las zonas ABRAE para practicar ilegalmente la agricultura, la ganadería y la minería. Hemos acabado con nuestra selva y lo que tenemos que hacer es replantearnos la relación que tenemos con el ambiente”, manifiesta Iván Guevara, ingeniero agrónomo especializado en el cultivo de cacao. 

El especialista tiene la convicción de que el cacao es una alternativa para reforestar las montañas de nuevo. “En La Paragua (municipio Angostura) han sido intervenidas miles y millones de hectáreas de cultivos extensivos de maíz y las tierras quedan deforestadas. En cambio con el cacao que siembras una vez cada 25 o 30 años, vuelves a hacer una montaña”, opina. 

En Bolívar ya se ha utilizado la siembra de plantas de cacao para recuperar territorio herido por la minería de aluvión:

En 1997, Fundageominas junto a la Asociación Internacional para la Gestión de la Tecnología (IAMOT) recuperaron 34 hectáreas de terreno intervenido por minería entre El Dorado, localidad donde confluyen los ríos Cuyuní y Yuruari, y el Kilómetro 88, ambas áreas separadas por 122 kilómetros de carretera. 

Y lo hicieron instalando una cobertura vegetal en las áreas afectadas y sembrando 29.963  plantas frutales, forestales y ornamentales, incluyendo 1.563 plantas de cacao genéticamente mejorado, utilizando geotécnicas combinadas con prácticas conservacionistas. 

Los científicos e ingenieros que lideraron el proyecto de investigación demostraron que la cobertura vegetal instalada, y la siembra de estas plantas, puede recuperar hectáreas de bosque. Pues con eso se mitiga la erosión del suelo, desaparecen las cárcavas y regresa la fauna silvestre desplazada. 

En algo parecido trabaja el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en inculcar prácticas sostenibles de cultivo y comercialización de cacao en los principales países productores, en un escenario mundial en los que la demanda creciente de chocolate también provoca la deforestación acelerada de los bosques.

Pero, ¿cómo convertir a los mineros en agricultores sensibilizados con el ambiente? Sin políticas agrarias e incentivos para la agricultura sustentable, es imposible. Iniciativas como esta quedaron sepultadas tras la aprobación del decreto nro. 2.248 Zona de Desarrollo Estratégico Arco Minero del Orinoco (AMO). 

A partir del AMO, el gobierno se enfocó en explotar los recursos minerales de la región en una zona que abarca 111.843,70 kilómetros cuadrados. La minería no respetó esos límites, sino que se extendió al sur de Bolívar, y ejerció presión sobre el territorio y los recursos naturales. Degradó la tierra, contaminó las aguas, y desplazó a los pueblos originarios que dependían de la agricultura y la pesca. La violencia que trajo consigo, provocó que los grupos delincuenciales invadieran las haciendas y las utilizaran como bases de operaciones. 

Las políticas económicas que descalabraron la industria petrolera y de metales pesados, aceleraron la inflación e hicieron de la minería el salvavidas sobre el cual tanto Estado como población fundamentaron sus aspiraciones de desarrollo. 

El ingeniero agrónomo opina que para que el cultivo de cacao tenga un volumen y calidad capaz de generar desarrollo económico a las comunidades que lo produzcan en Bolívar, el Estado tiene que tomar en serio a los productores y al potencial de la tierra. Tiene que tener la intención de favorecer este tipo de iniciativas con políticas agrarias que resten espacio a la minería, pero que vele por buenas prácticas. “Esa intención, por ahora, no existe”, sentencia. 

En Guarataro cada quién produce y saca su cosecha como puede. Como la mayor parte del combustible que entra al pueblo es destinado a la actividad minera, los productores trabajan la tierra sin contar con máquinas de desmalezamiento y poda, o vehículos de carga para trasladar los sacos de cacao sin garantías de protección en el trayecto. 

Velazco, por ejemplo, saca su cosecha por bultos, en motocicletas. Únicos vehículos capaces de sortear la serpenteante, agujereada y angosta vía en medio de la escasez de combustible. 

En cada moto caben dos bultos en promedio, y cada viaje cuesta  cinco dólares. Cada bulto de cacao pesa 100 kilogramos. Para sacar media tonelada de cacao de la hacienda, el productor se puede tardar hasta una semana. 

Como él, otros productores están en la misma situación. Pues solo se les asigna 70 litros de combustible al mes cuando en realidad requieren al menos dos mil litros de gasoil y dos mil de gasolina para enfrentar la cosecha. 

Entre la compra de combustible en contrabando (dos dólares por litro) y el pago de mano de obra a cinco dólares la hora, se pulveriza la rentabilidad del negocio. 

La forma en la que tenemos que transportar nuestro cacao amenaza su calidad, la inocuidad de los alimentos. ¿Cómo podemos garantizar la trazabilidad de nuestro producto si ni siquiera lo podemos sacar de la hacienda en buenas condiciones”, lamenta Lucimar Moreno, productora, chocolatier y miembro de la Asociación de Productores de Cacao del estado Bolívar (Asocacao).

Su finca, Santa Sofía, tiene 68 hectáreas de terreno. En su mejor momento, llegó a tener 18 hectáreas productivas de cacao hasta que un incendio ocurrido en 2020 redujo esa cifra a tres hectáreas y media.

De ese terreno salieron 1.8 toneladas de cacao, entre octubre de 2022 y enero de 2023. Moreno dice que también le quedó cacao sin cosechar por falta de mano de obra. 

Porcelana, carmín y guasare son algunos tipos de cacao criollo que se cultiva en estas tierras. Pero hay un problema: la mayoría de los productores no conoce la calidad del grano que está sembrando, ni cómo darle el tratamiento que merece un cacao fino de aroma en medio de tantas limitaciones para producir. 

En teoría, hay un plan de reproducción de plántulas y se está fraguando una investigación encabezada por el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA).

Pero de los hallazgos poco se sabe, pues todas las instituciones del Estado que trabajan sobre la producción de cacao en Bolívar evaden las preguntas de la prensa. Para este trabajo, se contactó vía telefónica al INIA, Gerencia General de Redes Productivas de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) y el Instituto Nacional de Salud Agrícola Integral (Insai) para agendar una entrevista presencial, pero aunque en un principio funcionarios públicos acceden, a los pocos días cancelan la entrevista programada y dejan de contestar. 

Custodios de la calidad del cacao

Ante la falta de iniciativa del Estado, es la Asociación de Productores de Cacao (Asocacao) y Agroimpulso Bolívar quienes han traído especialistas de otras regiones  del país para estudiar la calidad del grano en la zona, al menos de algunos predios. 

“Tenemos que saber qué es lo que estamos sembrando y cuál es el mejor grano para poder replicarlo. Lo otro es ponernos de acuerdo entre los productores y preguntarnos, ¿para qué vamos a producir? ¿Para hacer chocolate fino de aroma, artesanal, golosina, manteca de cacao, u otros productos?”, expresa Albe Gorrín, productor y presidente de Asocacao. 

¿QUÉ ES UN CACAO FINO DE AROMA?

Según la Organización Internacional del Cacao, el 95% del rubro que sale de Venezuela es fino de aroma. Entran en la categoría fino de aroma los granos que tienen un perfil aromático (a flores, frutas, maderas, entre otros) complejo, forjado por la técnica del productor en el manejo poscosecha, y las características de la tierra y el clima donde se cultiva. Es el cacao más preciado y mejor cotizado en el mundo. 

Gorrín está convencido de que el cacao de Bolívar tiene de las mejores características organolépticas, es decir, las propiedades que le dan identidad al grano y que se forjan por la influencia geográfica y climática específica donde se siembra. Estas características varían dependiendo del territorio, y sus municipios. 

El cacao y chocolate que sale de la finca Santa Sofía –  también propiedad de Gorrín – participó en la Feria de Cacao y Ron celebrada en el estado Miranda durante 2022. Antes de eso, él y su esposa, Lucimar Moreno, enviaron una prueba sensorial a la Universidad Central de Venezuela (UCV), para determinar la calidad del grano y saber si califica para participar en la Feria Internacional del Cacao. 

La intensidad de la acidez, astringencia, amargor, sabor, y aroma frutal o  floral son atributos del cacao que se descubren a través de estas pruebas sensoriales que certifican la calidad del cacao de la hacienda que someta su grano a tales análisis. Es algo  en lo que Asocacao Bolívar insiste para que se incorpore a la rutina de la producción, por ahora incipiente, del estado. 

El particular sabor y aroma frutal del cacao de Guarataro despertó el interés del Laboratorio de Investigación Química, Industrial y Agrícola (Liqia) de la Universidad de Los Andes (ULA). 

El equipo de investigación encabezado por el profesor e investigador de la Facultad de Ciencias de la  ULA, Alexis Zambrano, está haciendo un análisis de 24 muestras de cacao en distintos estados del país, incluido el sector Guarataro, para hacer una caracterización fisicoquímica del cacao en Venezuela.

La idea es armar un perfil preliminar de las cualidades del cacao de cada región, sus características genéticas y su aroma. 

Aunque los resultados no están listos aún, el cacao de Bolívar, en su mayoría trinitario y forastero, ha sido catalogado como interesante y único por quienes han analizado las pruebas.  “Es un cacao que tiene mucho potencial y que merece ser investigado para determinar sus características”, dice el profesor. 

Para Zambrano, que el cacao sea fino de aroma depende 50% de su genética, y 50% de su tratamiento poscosecha. Con esto último se refiere a las técnicas de fermentación y secado.

El especialista también advierte lo que temen productores y algunos chocolateros artesanos de Bolívar: el  traslado y tratamiento poscosecha condicionado por la escasez de combustible y falta de formación técnica expone al grano que sale de los predios a un alto riesgo de contaminación que le impide cumplir con estándares internacionales de calidad y, en consecuencia, imposibilita una comercialización exitosa.

A falta de formación técnica y mano de obra, la mayoría de los productores de la zona no fermentan su cacao, sino que van directo al secado. Aunque ambos procedimientos le agregan valor al producto, el poco conocimiento sobre qué se está cultivando y su potencial, provoca que el cacao sin fermentar se venda al mismo precio que el que fue fermentado o cacaos de menor calidad por su tipo y genética. 

Iraima Chacón, ingeniera agrónoma con 30 años de experiencia en el estudio de cacaos criollos, y fundadora de la única reserva de cacao porcelana del mundo, ubicada en el sur del Lago de Maracaibo, también visitó los predios de cacao de Guarataro en 2017, por invitación de cacaocultores. 

En ese momento la especialista también insistió en que urge hacer una identificación de los cultivos para determinar cuáles cacaos le dan identidad y originalidad a la zona. 

Por ello, cacaocultores más experimentados como Gorrín, Moreno y Velazco insisten en la necesidad de estandarizar la producción: que haya un centro de acopio para la recolección general de cacao en baba (el grano sin secar ni fermentar) y establecer un proceso de fermentación y secado con lineamientos específicos que garanticen la calidad final del grano para poder comercializarlo a nivel nacional e internacional con un buen precio, y el sello de la zona.

“Tú eres quien le da identidad a ese cacao que estás procesando. Aquí tenemos buen cacao, y eso podemos transformarlo en notas agradables. El cacao de Guarataro es acriollado, de sabor cítrico y eso se nota después en el chocolate… La industria nunca pierde, tú puedes procesar golosina con un cacao de mala calidad, pero en el chocolate artesanal no puedes maquillar nada”, expresa la chocolatier, Lucimar Moreno.

La Comisión Permanente sobre la Actividad Económica Productiva del Consejo Legislativo del estado Bolívar (Cleb) trabaja en un proyecto de ley que, según prometen, fomente y desarrolle la siembra de cacao en la región. Pero los productores aseguran que no han sido incluidos en estas discusiones. 

Se produce como se puede, mientras se pueda

Después de Guarataro, a cuatro horas de distancia a través de la deteriorada troncal 19, hay otro grupo de productores que hace cuanto está a su alcance para mejorar el rendimiento de la producción de cacao en sus haciendas. Se trata de los cacaocultores del eje carretero de la vía a El Pao, zona en la que convergen los municipios Caroní y Piar. 

En esta zona, hay un estimado de 300 pequeños productores. Cada uno de ellos tiene entre una y 10 hectáreas sembradas de cacao en promedio. 

Muchas familias aquí asentadas, son originarias del estado Sucre, entidad de larga trayectoria que produce -49% del cacao de todo el país. Las semillas de allá traídas, se cruzaron con las características de estas tierras.

En teoría, los municipios Caroní y Piar son considerados por la Corporación Socialista del Cacao Venezolano como un eje prioritario para mejorar la producción del commodity. En la práctica, el acompañamiento del Estado no es una realidad. 

No hay cifras oficiales que permitan determinar la cantidad de cacao que sale de la vía hacia El Pao. En un documento oficial que data de 2017, el Instituto Nacional de Salud Agrícola (INSAI) admite que son bajas las estadísticas de arrime por guía de traslado por una sencilla razón: la mayoría de las compras se hacen por medios irregulares hacia Sucre y Miranda, con precios de compra no oficiales. 

Pero productores y chocolateros artesanales que compran en la zona estiman que de este eje salen una o dos gandolas de cacao en temporada. Con dos gandolas se refieren a 50 toneladas de cacao seco cada seis meses, o 75 toneladas anuales considerando los meses de baja producción. 

En El Capitán, y al menos otras cinco haciendas de esta zona cultivan el cacao con poca mano de obra y de forma orgánica ante la falta de abono y pesticidas. Procesan el grano rudimentariamente con las herramientas que tienen a mano, mientras enfrentan el desafío de la volubilidad del clima y las inundaciones. 

El Capitán y cómo producir frente a las arbitrariedades climáticas

Una tina de baño es lo que hace las veces de laguna de fermentación donde, cubierto entre hojas de plátano, fermenta por seis días el cacao que se cultiva en El Capitán, la finca de seis hectáreas de Eduardo Rojas, productor. Está ubicada en el sector Cerro Azul del municipio Piar, vía a El Pao. 

De la bañera sale un olor ácido y al mismo tiempo dulce. Si tocas su contenido sentirás tu mano arder. Lo que ahí sucede es que la pulpa blanca (o baba) que rodea al cacao fermenta naturalmente. Las bacterias, enzimas y levaduras que componen la baba entran en calor y transforman el grano, muere el embrión de la semilla y nace el sabor y aroma que tendrá el chocolate.

Sin fermentación, el grano de cacao no tendrá un sabor, aroma, color y la acidez que le defina y le haga resaltar cuando se utilice en barras de chocolate, en polvo o en licor. Por eso, una buena técnica de fermentado, con los implementos correctos marcará la pauta para que el producto final impacte al paladar al que llegue. 

El Capitán produce cuatro toneladas de cacao al año. Ahí, el rubro crece a la sombra de árboles de mandarina, plátano y guayaba. Sus semillas son de Aragua, específicamente de Chuao, hacienda más antigua de Venezuela donde se produce uno de los mejores cacaos del país. 

Venezuela ha sido premiada en varias ocasiones por la calidad del cacao que producen sus tierras, como el International Chocolate Awards, una competencia mundial de chocolate que se celebra en distintas ciudades del mundo, y honra la excelencia y la artesanía en el chocolate fino. Los artesanos venezolanos del chocolate también han exhibido sus productos en el Salón del Chocolate de París. 

Rojas trabaja en conjunto con José Manuel Monzón, productor de cacao y chocolatier ganador del premio Chocolatero Artesanal del Año en 2017, otorgado por Fundación Nuestra Tierra, para lograr una identificación geográfica del cacao de la zona. Lograr una identificación geográfica protege la calidad y autenticidad del cacao que se produce en una región específica. Al elevar el valor del producto, abre las puertas al comercio internacional. Con eso sueñan los cacaocultores bolivarenses. 

Eduardo trabaja la tierra junto con su padre, Rafael Rojas, de 73 años. Cuenta que quiere adquirir tres mil semillas con denominación de origen para mejorar la genética del cacao que se produce en su finca. Aunque el manejo poscosecha como en todos los predios, es rudimentaria. 

Rafael opina que el avance de la minería es inminente, y al mismo tiempo, su peor temor. Cada vez que hay una bulla en los cauces de agua, teme que los mineros  y los grupos armados que dominan la producción de oro en el estado invadan la finca y acaben con 15 años de trabajo. 

“Si permitimos la minería, aquí no va a quedar nada, nada. Es imposible convivir con la minería, porque destruye la capa vegetal, destruye todo. Si entran en grupo, van a acabar con todo y nadie va a poder sacarlos. No es nada más extraer el oro, es que llegan (los mineros) y se comen todo lo que consiguen. Es cuestión de tener afinidad con esto que es nuestro ”, expresa. 

Después de la minería, la falta de combustible, la falta de formación y falta de capital de trabajo son otras limitantes que amenazan el cultivo de cacao. Rojas señala que para producir con los equipos y la mano de obra completa necesitan una inversión de al menos 300 mil dólares. 

“Vemos en él (el cacao) un potencial, pero como está la cuestión ahorita, todo es mafia, todo es control… solo un grupito decide quién puede tener gasolina y quién no… No podemos limpiar todas las hectáreas de terreno como quisiéramos, ni podemos sacar toda la cosecha porque no hay cómo pagar más mano de obra”, dice. 

A eso se le suma el monopolio de intermediarios. “Con los precios que están poniendo ahorita el cacao no vale la pena. Son mafias que saben que el campesino necesita el dinero, y lo presionan para vender el cacao a un precio muy bajo (…) dólar y medio el kilo”, lamenta. 

Los productores tampoco tienen recursos tecnológicos para producir y enfrentar las arbitrariedades del clima, cada vez más impredecibles por alteraciones atribuidas y no atribuidas al cambio climático.

Por ejemplo, durante las inundaciones de 2021 – debido a las intensas lluvias y el colapso de los drenajes – el río Ure creció y arrasó con los cultivos de la zona. La hacienda El Capitán perdió 40% de su cosecha. 

El clima húmedo de Pozo Verde obliga a otros productores de la vía a El Pao a sacar su cacao hacia San Félix, Ciudad Guayana, para poder secarlo. Un recorrido de 40 minutos en vehículo. 

A falta de una maquinaria especial, a Roy Mariño dueño de una de las al menos cinco haciendas de cacao próximas a El Capitán, le toca hacer esa travesía para poner a secar su cosecha. Dice que ahí el sol pega más fuerte y puede procesar el cacao sin riesgos de aparición de hongos que dañan el grano. 

Dos gaveras de plástico vestidas en su interior con una cama de hojas de plátano hacen las veces de cajas donde Mariño fermenta el cacao que cultiva en su hacienda de 30 hectáreas. Dice que todavía cultiva el grano no solo porque le parece rentable, sino porque es la herencia que le dejó su papá, una tradición de 23 años. 

“Las veces que el cacao da, lo hace en cantidad. Para mi papá el cacao era primordial. Con lo que sacamos de la cosecha lo invertimos en otros cultivos, sacamos para pagar al personal el mantenimiento. No ha sido fácil”, dice. 

De la hacienda Mariño saca entre tres y cuatro toneladas de cacao por cosecha. Puede ser más, pero la falta de abono limita la capacidad de carga de las plantas. Todavía no ha intentado hacer abono orgánico, o compost porque no sabe cómo hacerlo. 

Como todos, Mariño también está acostumbrado a trabajar con poca mano de obra, cuatro obreros para 30 hectáreas de terreno. Pero él sigue produciendo cacao por tradición familiar. Las plantas de plátano que acompañan el cultivo no solo están para proporcionar sombra al cacao, sino porque asegura que las musáceas le dan a las plantas de cacao la humedad necesaria durante el verano, a falta de sistema de riego, un elemento del que carecen todos los productores de la zona. 

De hecho, eso fue lo que llevó a José Gregorio Sucre, otro productor, a abandonar la idea de cultivar cacao en su unidad de producción. Pues está ubicada en un área empinada a la que el agua no llega por gravedad, sino por sistema de bombeo.

La falta de sistema de riego secó las únicas 100 plantas de cacao que, por insistencia de sus colegas productores, decidió sembrar. Mantener las plantas de cacao hidratadas durante el verano implicaba para él una faena de llenar y verter al menos 50 tobos de agua en la mañana, y otros 50 en la tarde. Tarea pesada para una persona de 60 años, cuarenta de los cuales dedicó a trabajar la tierra.

“Ya yo no estoy para eso. Cultivar cacao en esta zona está forzado. Sin apoyo, está forzado. Me cansé ”, lamenta.

Reportería y textos:
Laura Clisánchez

Edición:
Óscar Murillo Hernández
Marcos David Valverde
Diseño y Montaje:
Roberth Delgado  

Fotografías: 
Laura Clisánchez
Matilde Hernández
Joelnix Boada  

Redes sociales:
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Este es un trabajo producido por la Red de Periodistas de la Amazonía Venezolana