La huella tóxica del mercurio llegó a la Gran Sabana

El mercurio también baña los territorios indígenas en la Gran Sabana. 35% de la muestra de un estudio –liderado por SOS Orinoco— en el sur de Bolívar, excede el límite de seguridad de 2 microgramos por gramo (µg/g) en cabello, establecido por la Organización Mundial de la Salud. Los resultados muestran la extensión de la huella tóxica que deja la minería en la Amazonía venezolana, que se traduce en contaminación de suelos y aguas y afecciones a la salud de la población.

Por María Ramírez Cabello | 28 Octubre 2021

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Ana Sánchez* mueve a paleta una espesa mezcla en el interior de una enorme olla. El hervor del kachiri sobre un fogón de leña se junta con la humedad de una mañana calurosa que asfixia y empegosta la piel en la Gran Sabana, en el extremo sur de Venezuela, muy cerca de Brasil. El sol resplandece y el cielo está totalmente despejado.

La mujer de 66 años tiene un conuco en una falda maciza de tierra que cae al río Kukenán, el cuerpo de agua a partir del cual nace el Caroní, el segundo río más importante de Venezuela. La sinuosa curva hídrica se ve desde la altura de un risco de más de dos metros. Está a una escalinata rudimentaria de distancia. En ese claro de tierra, sembró yuca para el consumo familiar. Alrededor queda aún el rastro de decenas de árboles talados, como es usual en la preparación del conuco.

Desde hace un par de años no va a la mina de la que han subsistido en el último trienio cuando el turismo desapareció del Parque Nacional Canaima, pero sus cabellos largos y grisáceos tienen una huella imborrable, un registro histórico de un metal insidioso y letal: el mercurio, una de las 10 sustancias químicas de mayor preocupación en el mundo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El hallazgo en el cabello de la indígena pemón se desprende de un estudio iniciado en 2020 por la oenegé SOS Orinoco, como parte de un proyecto periodístico de Correo del Caroní, en el que se determinó que 35% de los indígenas muestreados para la investigación tienen concentraciones de mercurio superiores al límite admisible establecido por la OMS. Este es el primer estudio de este tipo que se realiza en la Gran Sabana, en el sector oriental del Parque Nacional Canaima, uno de los rincones más biodiversos de la Tierra y Patrimonio Mundial, declarado por la Unesco.

Todos en algún momento hemos estado expuestos al mercurio. El metal está presente de forma natural en el ambiente, en la corteza terrestre, en las rocas y los suelos, pero su uso en actividades como la minería agrava la exposición y las consecuencias en la salud. En los últimos 20 años se ha casi duplicado la extensión de la actividad minera en la Amazonía venezolana, de acuerdo con Provita. Creció alrededor de municipios mineros históricos como Sifontes, pero se amplió también a áreas naturales protegidas como el Parque Nacional Canaima en el municipio Gran Sabana, en donde hasta el primer trimestre de 2020 se contabilizaban 1.033 hectáreas intervenidas por actividades mineras ilegales, que varían en extensión y en la forma en la que se explota el oro. Hasta estos paisajes idílicos, coronados por el Salto Ángel y los enigmáticos tepuyes, llega el mercurio.

Su liberación aumenta en procesos de deforestación e incendios forestales. Cientos de años a.C., antes de conocerse su toxicidad, tuvo amplios usos médicos. El médico y alquimista Paracelso lo usó para tratar la sífilis en pomada, en mezclas con agua y en cámaras de vapor, hasta 1943. Daniel Gabriel Fahrenheit se valió del mercurio para crear en 1714 el primer termómetro a base de mercurio. Ha estado y está presente en la industria cosmética, medicinas, fungicidas, instrumentos de laboratorios, aplicaciones químicas, pinturas, en lámparas fluorescentes e, incluso, en las amalgamas dentales. En cualquiera de sus formas, es dañino para la salud.

En la minería su uso sigue siendo constante. Cuando los mineros buscan pepitas de oro en las minas de aluvión o extraen material rocoso de los túneles bajo el subsuelo, el mercurio es la pócima preferida para juntar en una sola pieza la piedra preciosa. Pero su alta volatilidad y biotransformación vuelven tóxico al vistoso metal, líquido en temperatura ambiente, plateado, de fácil movilidad y dispersión.

Mientras eso ocurre, las medidas de seguridad y los controles socioambientales están ausentes. En 2016, cuando el gobierno de Nicolás Maduro creó el Arco Minero del Orinoco, emitió cinco meses después una prohibición del uso, tenencia, almacenamiento y transporte de mercurio en todas las etapas de la actividad minera, pero el mercurio se trafica libremente. Su huella dañina, estudiada por científicos venezolanos y extranjeros desde la década de los 80’, muestra un claro crecimiento en un territorio en el que el gobierno de Nicolás Maduro promueve abiertamente la extracción indiscriminada de minerales.

Tenemos un decreto que prohíbe el mercurio. ¿Lo tenemos o no lo tenemos? Pero se sigue usando el mercurio en la extracción del oro; entonces, no es un tema de solo emitir un decreto o una resolución; sino que, más bien, debemos tomar conciencia de que lo que tú haces no te afecte, primeramente a ti como persona, ni a tu familia, ni al ambiente, ni a la humanidad”, expresó el exministro de Minería, Víctor Cano, en 2017 cuando pidió dejar atrás el uso del mercurio en un foro sobre nuevas tecnologías para el oro.

La extracción de 1 kg de oro requiere el uso de 2,6 kg de mercurio, de los cuales el 13% se descarga en ríos, precisa Conservation Strategy, una organización americana que diseñó una calculadora de impactos de la minería aurífera. El 3% se metila, volviéndose aún más tóxico y es absorbido por los peces, que pueden migrar hasta 2.000 km. Cuando las personas se alimentan de ellos, los riesgos van desde temblores hasta daños neurológicos. 

No hay cifras oficiales actuales que precisen la producción de oro ni la cantidad de mercurio utilizado en Venezuela. Un informe de GAIA Amazonas y la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (Raisg) revela cifras de importación de mercurio de Venezuela entre 1996 y 2009 con picos de 33,79 toneladas en 1998 y 14,39 toneladas en el 2000. En los últimos años, una de las rutas de tráfico verificada parte desde Guyana y Brasil, de acuerdo con el informe Abriendo la caja negra, publicado en 2020 por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN). Mineros consultados han coincidido en que también usan mercurio transportado por la frontera con Colombia.

¿Cómo ocurre?

Sin guantes y sin mascarillas, los mineros vierten mercurio en sus bateas cuando trabajan a cielo abierto y lo utilizan en las planchas de los molinos para atrapar el oro del material que extraen de los barrancos. 

Los residuos contaminados del molino son depositados en el suelo. Para quedarse con el oro, los mineros queman la amalgama para evaporar el mercurio que escapa a la atmósfera. La inhalación es la forma más directa de exposición, de acuerdo con la OMS.

 

El mercurio que llega a los cuerpos de agua se transforma en metilmercurio por la acción de los microorganismos. El metilmercurio, un enlace químicamente estable insoluble en agua, se adhiere al plancton.

Los peces más pequeños se alimentan del plancton y se contaminan. Los peces más grandes se alimentan de los pequeños y la concentración de Hg escala por biomagnificación. 

 

Las comunidades cercanas consumen el pescado contaminado y el metilmercurio ingresa a su organismo.

 

Una vez en el organismo, su viaje tóxico muestra síntomas lentos y a veces indetectables. Los más vulnerables son los niños y las mujeres. 

 

Un tercio contaminado

En un trabajo de campo realizado durante 2020, entre Correo del Caroní y la oenegé SOS Orinoco, se recolectaron muestras de cabello de 49 indígenas de cuatro grupos diferenciados en la Gran Sabana, durante el proyecto periodístico Depredación minera frente a los ojos del tepuy Roraima.

Entre los marcadores más comunes para determinar la contaminación por mercurio en humanos, el estudio de cabello permite analizar la exposición actual y en retrospectiva. El pelo acumula el mercurio orgánico o metilmercurio y la concentración se correlaciona con los niveles de metal en el cerebro y sangre. El valor de referencia del estudio fue el límite admisible establecido por la OMS: 2 microgramos por gramo (µg/gr) en cabello.

Para la selección de la muestra, se seleccionaron cuatro grupos: 1) Mineros trabajando in situ, en este caso en la mina Arenal; 2) Comunidades que practican abiertamente la minería en zonas cercanas a sus viviendas como en Campo Alegre y Manak-Krü; 3) Indígenas que han practicado la minería de forma esporádica en los últimos dos años y se dedican al turismo o siembra (Paraitepuy, Campamento Kukenán, Kumarakapay, refugio en Manak-Krü y, finalmente), 4) Personas que no han practicado la minería ni viven cerca de minas.

Para realizar el muestreo se entregaron personalmente —un mes antes de la recolección— cartas de solicitud de autorización a los capitanes de las comunidades estudiadas. El análisis fue realizado mediante la técnica de espectroscopía de absorción atómica con vapor frío.

35% de la muestra registró concentraciones de mercurio que sobrepasan el límite admisible de 2 µg/gr en cabello, establecido por la OMS, indica el informe técnico de SOS Orinoco. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) establece un nivel de referencia de 1 ppm de mercurio en el cabello para las personas con bajo consumo de pescado.

La mayoría de los participantes del estudio trabajan tanto en minas como en agricultura, actividad en la que también se incluye a los niños que desde temprana edad colaboran en los conucos. El estudio refleja una mayor concentración de Hg (mercurio) en las muestras de cabello de las personas que han acudido a minas.

“La totalidad de las personas entrevistadas visita las minas más de una vez al año y de ellos, más de la mitad trabaja en ellas de forma regular o junto a actividades secundarias como la agricultura”, explica el estudio. 

Los mayores niveles de contaminación estuvieron en los participantes del campamento Kukenán, Santa Elena de Uairén, Paraitepuy y un albergue en la comunidad indígena de Manak-Krü en el que duermen indígenas de comunidades distantes y aéreas cuando viajan por asuntos médicos a Santa Elena de Uairén.

La investigación resalta que existe vulnerabilidad en las poblaciones de niños. Aunque la principal mano de obra en los puntos mineros son adultos, el grupo etario integrado por menores de 18 años “mostró concentraciones de Hg superiores al límite de tolerancia biológica señalado por la OMS (…) Aunque los niños no trabajan en actividades mineras, existen fuentes de contaminación alternas que se deben tener en consideración, como es el caso de relaciones filiales. Esto puede observarse en dos niños del campamento Kukenán que tuvieron altas concentraciones de Hg y que pertenecen a la misma familia, siendo uno directamente hijo y otro sobrino de adultos mineros”.
En cuanto a la distribución por sexo, el estudio indica que hay una mayor concentración de mercurio en el grupo femenino, el cual tiene un mayor número de representantes en la muestra.

La evaluación no encontró un patrón claro que permita establecer una relación directa entre las concentraciones de Hg en el cabello de la población pemón y la actividad y cercanía a las minas, lo que sugiere una entrada del elemento tóxico por fuentes como la alimentación y/o agua. La proteína consumida por la muestra es mixta e incluye pollo y pescado en la mayoría de los casos, precisa el informe.

La mayor parte del mercurio en el cabello se encuentra en forma de metilmercurio, especialmente entre las poblaciones que consumen pescado. El cabello incorpora metilmercurio durante su formación y muestra una relación relativamente directa con los niveles de mercurio en sangre, lo que proporciona un método preciso y confiable para medir los niveles de ingesta de metilmercurio, destaca el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma).

“Es imperante una evaluación exhaustiva tanto de las fuentes de agua, como de alimento para poder calcular el riesgo toxicológico al que están expuestos estas poblaciones (…) Se debe considerar que las fuentes de proteína y los sistemas para surtir agua potable son relativamente escasos en estas zonas, por lo que se debe evaluar su calidad, para que las comunidades puedan realizar un uso adecuado”.

En las comunidades de Campo Alegre y la mina Arenal, la comunidad toma agua de fuentes cercanas a las minas. Solo en Kumarakapay, la principal fuente de agua es el tanque comunitario y en Paraitepuy toman agua de un río cercano.

El trabajo evaluó las posibles relaciones entre el contenido de Hg en pelo y ciertas variables socioeconómicas como edad, ocupación, sexo, relaciones familiares, cercanía a las minas, dieta y fuentes de agua de consumo. Sin embargo, los posibles patrones encontrados deben evaluarse con mayor profundidad, indica el informe.

La bióloga y ecotoxicóloga Ruth Ramos, participante del equipo investigador, explicó que trabajos posteriores deben analizar parámetros locales que puedan modular la relación entre la actividad laboral ejercida y los niveles de Hg, así como el rol dentro de la mina y los niveles de Hg en la orina, considerando que este es un biomarcador para el mercurio elemental. Esto, además de una muestra más amplia, permitiría afinar patrones.

La fuente de entrada del Hg a estas poblaciones podría venir por la ingesta, lo que indicaría que la fuente de proteína, específicamente los peces, podrían estar bioacumulando Hg por las descargas de este elemento en los cuerpos de agua (…) Debido a que existe mucha variabilidad en los resultados debería tomarse un mayor número de muestra, así como evaluar el contenido de Hg tanto en las fuentes de agua como en los peces”, explicó Ramos.

Considerando que el 86% de los participantes no posee métodos de potabilización del agua, también recomienda determinar las concentraciones de Hg en las fuentes de agua de las comunidades indígenas. En 2008, un trabajo de García-Sanchez demostró que fuentes naturales como manantiales y el agua de grifo de áreas al sur del estado Bolívar tenían concentraciones de Hg que superan los máximos permitidos por la OMS.

El estudio recalca la necesidad de informar a la comunidad, a los líderes y a sus representantes políticos, así como a las autoridades sanitarias nacionales e internacionales y a la opinión pública, de la situación de contaminación por mercurio y las repercusiones en su salud, así como informar de las medidas de prevención y de mitigación a adoptar.

El estudio debe continuar porque el problema de la contaminación con mercurio es que es un veneno silencioso que se va acumulando a lo largo de los años, sin que nadie se dé cuenta, hasta que llega un punto donde se vuelve de potencialmente tóxico a tóxico para los seres humanos”, puntualizó la investigadora de la Universidad Simón Bolívar.

La directora de SOS Orinoco, Cristina Burelli, resaltó que el resultado más importante de este estudio “es constatar que el mercurio —prohibido por ley en Venezuela— es traficado y utilizado abiertamente y en grandes cantidades y que lamentablemente, tal como nos temíamos, el 35% de la muestra excede el límite de seguridad en el cabello humano, establecido por la OMS. Estos resultados exigen una investigación más amplia que abarque todas las zonas mineras importantes, a la vez que las autoridades regionales del sur de Venezuela, tienen la responsabilidad de detener el tráfico y el uso del mercurio, hacer campañas educativas y cumplir con las pautas de la Convención de Minamata, firmada por Venezuela, aunque nunca la ratificaron”.

Otra perspectiva: Muestreo aguas abajo

La investigación se amplió en 2021 y la oenegé SOS Orinoco, con apoyo del Centro de Estudios Regionales de la UCAB Guayana, diseñó un muestreo aguas abajo, con la finalidad de evidenciar el impacto potencial del uso de este metal en la actividad minera creciente, tanto en el medio ambiente como en sus pobladores. El muestreo se realizó entre el primero y segundo trimestre del año, tomando muestras de agua, sedimentos, músculo de peces y cabello en localidades diferentes: en Caicara del Orinoco (municipio Cedeño, Bolívar), Guarataro (municipio Sucre, Bolívar) y Puerto Ayacucho (municipio Atures, Amazonas). La concentración de mercurio total en todas las muestras se determinó utilizando un Milestone DMA-80.

Los resultados de las muestras de agua superaron el límite máximo permitido de 1,4 partes por mil millones (ppb) para agua dulce superficial, de acuerdo con la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés), en tres sitios: punto de colecta comunal en Caicara del Orinoco (4 ppb); aljibe en calle Las Monjas y Fe y Alegría en Caruto. “Concentraciones como las mencionadas pueden tener un efecto adverso en la salud, como enfermedades neurológicas, genotóxicas e, incluso, daño de órganos”, señala el informe.

 

En esta ampliación, las muestras de cabello se tomaron en Caicara del Orinoco y estuvieron dentro de los rangos permitidos por la OMS. Sin embargo, el estudio destaca que quienes registraron las concentraciones más altas tienen alguna de estas características: van periódicamente a las minas, viven cerca de la mina El Morado o consumen principalmente pescado.

Las muestras de sedimentos tomadas en Caicara del Orinoco y Puerto Ayacucho arrojaron concentraciones inferiores al límite máximo permitido de 0,18 ppm de Hg en sedimentos dulceacuícolas, de acuerdo con la NOAA. Empero, las concentraciones más altas se detectaron en Puerto Ayacucho. “El rango de concentraciones encontrado es similar al de otras zonas que han sufrido bajo a medio impacto de la minería, como la Laguna de Canaima”, apuntan y añaden que en futuros análisis se debe ampliar la muestra para determinar si la zona está o no contaminada.

Pruebas  previas realizadas en sedimentos en Bolívar han encontrado niveles superiores a los permitidos en la cuenca del río Caroní, en El Callao, en los molinos auríferos del sector El Perú en El Callao y en el río Yuruari.

Para el estudio de tejidos, se colectaron las 10 especies de mayor consumo en las localidades estudiadas. Según la OMS, el nivel máximo de mercurio que un pez puede concentrar para que sea apto para el consumo humano es de 0,5 microgramos por gramo (µg/gr). “Al igual que los sedimentos, ninguna de las muestras superó el límite máximo permitido de 0,5 ppm establecido por la OMS (1995) para peces de agua dulce de consumo humano”, indica el informe.

La concentración más alta, dentro de los rangos de la OMS, la registró la especie Bagre Mapurite —capturado en Puerto Ayacucho— con 0,053 ppm. Esta especie es piscívora y se alimenta de peces lo que favorece la bioacumulación y biomagnificación del mercurio. Cuando este pez se come a otro contaminado, alcanza concentraciones superiores a la de sus presas. “En el otro extremo estuvieron los organismos detritívoros y omnívoros como el morocoto, cuya principal fuente de alimentación son frutas e invertebrados pequeños”, añade.

También en este caso hubo limitaciones por la muestra reducida de omnívoros y detritívoros, por lo cual no es representativa de todas las especies de la zona. En cuanto a la concentración de Hg en personas, recomiendan en trabajos futuros ampliar la muestra con un rango de edades bien definido para determinar patrones. El informe sugiere, además, dimensionar el efecto de la minería a largo plazo y los daños asociados a la extracción indiscriminada. “El Arco Minero no se limita a un área geográfica, sino que es una política minera criminal que afecta a todo el sur de Venezuela e incluye todas las áreas protegidas”, afirmó Burelli.

 

Síntomas de lenta manifestación

En donde los mineros excavan, no existen las llamadas tecnologías limpias. El redondel de mina en el que está Jesús Márquez, un joven de 28 años de la comunidad indígena Manak-Krü en la Gran Sabana, se parece más a un desierto que a una parte del Parque Nacional Canaima. La arena es fina, blanca y el verde vivo amazónico se divisa lejos. Es un desgarro en la tierra, irónicamente, en un área natural protegida.

Nada pinta a progreso. Cada minero tiene su envase de mercurio. Cada uno lo usa cuando quiere y en la cantidad que le conviene. Márquez mueve la batea con giros concéntricos. La fuerza va expulsando las partículas más ligeras a las paredes de la batea y deja en el centro cónico las más pesadas como el oro. Cada tanto, el joven limpia los bordes y vuelve al mismo movimiento rítmico.

Desde 2012 ha ido a nueve minas: Parkupik, Aripichi, San Miguel, Urimán, Wonken, Atapameru y Arenal. Es domingo, así que poco después del mediodía, está “resumiendo”, el paso final para hacerse del oro. “Con un gramo de azogue, agarras una grama”, dice. De un pequeño pote de mercurio, similar al de un colirio, vierte unas gotas en la batea. “El mercurio lo recoge, es la única manera de agarrar ese oro fino. Todo eso gris es oro”, agrega.

Yosbelys Rodríguez, una mujer minera de 33 años, dice que en algunas minas no necesitan usar mercurio porque el oro es grueso, “pero este es como un polvo, hay que utilizar mercurio para que recoja y luego lo quemas con una cucharilla y un soplete”. A esa faena ha dedicado los últimos años de su vida. Trabaja un rato en la mañana, dice, “venimos, descansamos, agarramos otra vez la pala y la batea, hasta las cinco de la tarde”.

Los mineros se han acostumbrado al maltrato físico de la malaria y otras epidemias como el dengue diseminadas en el sur del Orinoco; y le restan importancia al contacto directo con el mercurio y al vapor suelto en el aire. Quizás, por no tener efectos inmediatos tan evidentes como los de la malaria.

“Mi cuerpo ya casi se acostumbró al paludismo, he tenido 15 veces”, dice Juan Nárvaez, un minero de 41 años, que lava material aurífero en una batea. El hombre recuerda con espanto los temblores y los escalofríos causados por la picadura del mosquito Anopheles. Recuerda cómo perdía las fuerzas al punto de sentir que moría; el aislamiento debajo de un mosquitero y la odisea para conseguir un tratamiento que matara el parásito. Recuerda también la letal recaída y el contagio de su esposa e hija cuando regresó enfermo a su casa, a más de 100 kilómetros de distancia.

No creo que el mercurio me haga algo, ya estuviera muerto… con todo lo que me ha dado, ya estoy curado”.

Las enfermedades ocasionadas por la exposición al Hg son variadas. Los síntomas van desde irritación en la piel, insomnio, temblores, dolores musculares, irritabilidad, problemas de memoria y pérdida de visión hasta daños severos en el sistema nervioso, riñones, respiratorio, reproductivo y neurológico. A la enfermedad ocasionada por la intoxicación por mercurio se le conoce como hidrargirismo y, en algunos casos, es difícil conectar con esta por síntomas comunes con el paludismo, por ejemplo. El grado de afección y la enfermedad dependen del tipo de Hg al que se está expuesto, la intensidad de la exposición y su duración.

Los más vulnerables son los niños y las mujeres, porque el mercurio es capaz de atravesar la barrera hematoencefálica y placentaria. Las mujeres en edad reproductiva transfieren el riesgo al feto en desarrollo si están expuestas durante el embarazo o debido a las toxinas acumuladas en sus organismos antes del embarazo, indica la OMS.

Fuente de exposición: Emisión de mercurio durante los procesos de amalgamación del oro y retirada de mercurio (la “quema”)

Resultado:

  • Eretismo (nerviosismo)
  • Irritabilidad
  • Timidez excesiva
  • Insomnio
  • Salivación grave
  • Gingivitis
  • Temblores
  • Enfermedades renales
  • Efectos gastrointestinales agudos
  • Por exposición de inhalación directa: neumonitis química, edema pulmonar

Fuente de exposición:

  • Mercurio bioacumulado en el medio ambiente y en la cadena alimentaria
  • Consumo de pescado y marisco contaminado por mercurio


Resultado:

  • Trastornos visuales, p. ej., escotomas o limitación del campo visual
  • Ataxia
  • Parestesias (signos tempranos)
  • Pérdida auditiva
  • Disartria
  • Deterioro mental
  • Temblor muscular
  • Trastorno locomotor
  • Parálisis y muerte (con exposición grave)
  • Exposición prenatal: toxicidad fetal, retraso y discapacidad cognitiva y motora

Fuente: Organización Mundial de la Salud (2017). Documento técnico N.º 1: Riesgos para la salud relacionados con el trabajo y el medioambiente asociados a la extracción de oro artesanal o a pequeña escala.

En un esfuerzo mundial por frenar la contaminación mercurial y los efectos en la salud, 128 países adoptaron el Convenio de Minamata, un acuerdo global que entró en vigencia en 2017 y que debe su nombre a la ciudad japonesa que, en mayo de 1956, sufrió el envenenamiento mercurial más grave de la historia debido al vertido de aguas residuales industriales de una planta química a la bahía local.

Venezuela no es parte del Convenio de Minamata. Pese a que firmó la Convención el 10 de octubre de 2013, no la ha ratificado.

El artículo 16 del Convenio de Minamata exhorta al desarrollo y la implementación de estrategias y programas para identificar y proteger a las poblaciones en riesgo debido a la exposición al mercurio y compuestos de mercurio, “incluso mediante la adopción de directrices sanitarias basadas en la ciencia, la promoción de salud y actividades de educación sanitaria”. 

En los alrededores de decenas de molinos en municipios mineros como El Callao, al sur de Bolívar, los vecinos respiran el aire de la quema de amalgama. Investigadores evaluaron en 2001 la exposición de mercurio en el aire y encontraron que 20% de las mediciones superaba los límites recomendados y que existía correlación entre el mercurio en orina y microdaños en los riñones. “Las tareas con las mayores exposiciones medias de mercurio en el aire fueron ‘quemar la amalgama de mercurio y oro’ y ‘refinar/fundir oro’”.

Una docente con 21 años de trayectoria en la localidad, quien pidió mantener su nombre en reserva, cuenta que hace una década investigadores de la Universidad Central de Venezuela (UCV) hicieron estudios en la escuela José Solano en el sector El Perú. Frente a la institución, había un molino de procesamiento. Varios niños resultaron con valores superiores a los niveles de referencia.

A una niña le daban convulsiones y le confirmaron que era contaminación por mercurio. Esa familia se mudó, pero la gente no respeta, queman oro en donde sea, alrededor de esa escuela ya no hay uno sino varios molinos, alrededor y detrás. La gente tiene molinos en su patio, como tener una mata. A veces uno pasa por la acera y están quemando oro”.

Una vendedora de una zapatería, una panadería o un abasto, ubicado al lado de un punto de fundición y compraventa en la que se queman las lustrosas pepas de oro, está en riesgo. Basta con coincidir a pocos kilómetros y metros cuadrados. “Los estudios han demostrado que la mayoría del Hg emitido por las fundiciones de oro se deposita cerca de la fuente de emisión (es decir, dentro de 1 km), contaminando las áreas urbanas”, explica Marcello Veiga, investigador de la Universidad de Columbia Británica y consultor de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (Onudi), en un artículo de su autoría publicado en 1997.

Cuando el minero decide vender su oro en ciudades como Ciudad Guayana o Santa Elena de Uairén, el comprador usa un soplete para probar que el oro es oro y no una mezcla de otros minerales. En esa prueba, vuelve la evaporación residual de mercurio. “La inhalación de vapores de mercurio es generalmente la vía de exposición a mercurio metálico más importante y peligrosa para los garimpeiros y sus familias. Eso también es válido para los negociantes de oro y las personas que habitan en las proximidades de las ‘tiendas de oro’”, indica un documento de cooperación técnica de la OPS para la vigilancia de la salud de poblaciones expuestas a mercurio.

En 2017, la química Nereida Carrión, investigadora de la Universidad Central de Venezuela (UCV), insistió en dos foros sobre la necesidad de atender a las personas contaminadas. “Esa gente que está contaminada no se va a descontaminar porque cambiemos el proceso, o porque no usemos mercurio”, dijo en el foro Guayana Sustentable en la UCAB Guayana. Propuso, entonces, un centro de salud que –aseguró– estaba en planos y que debía proveer la atención médica, los análisis de laboratorios y la entrega de medicamentos. 

“El problema central que tenemos en este momento es que, aunque nosotros les estemos dando medicamentos, no asisten a la consulta con toxicólogos. ¿Por qué no asisten? Porque esa comunidad no está informada del peligro que corre su salud, el efecto que tiene en su salud”, destacó. El centro de salud para atender la contaminación mercurial no se construyó y el deteriorado sistema de salud pública atiende a duras penas los casos de COVID-19.

Tras decenas de estudios, no ha habido acción estatal consistente ni atención médica especializada para la población en riesgo. Organizaciones no gubernamentales como Clima 21 y Todos por el Futuro iniciaron una campaña educativa en el Bajo Caura en Bolívar, en donde también se ha constatado contaminación mercurial, para informar a las comunidades indígenas sobre los efectos del uso del mercurio en el ambiente y en la salud. 

Alejandro Álvarez, director de la oenegé Clima 21, resaltó que esta iniciativa ha sido un reto por la falta de datos epidemiológicos “como si ese problema no existiera”, la presencia de grupos criminales y la aprensión de las comunidades indígenas. No obstante, dijo que esperan que esta iniciativa sirva como modelo piloto para seguir trabajando frente a este problema que consideran un tema de salud pública que no se limita solo al punto de extracción minera.

En otros países, el origen del problema son las empresas. En Venezuela, el empresario es el gobierno, no quiere aparecer como el contaminante y lo ha evitado. Cuando firmó el tratado de Minamata dijo que lo iba a ratificar. La ratificación implica supervisión internacional porque te obliga a hacer un plan de control de mercurio, eliminar los termómetros, los tensiómetros, los bombillos, pero además la principal causa global de las emisiones de mercurio es la minería de pequeña y mediana escala y el oro es una fuente de ingresos en el país”, manifestó Álvarez, quien insiste en que el problema es global y demanda atención.

Mercurio sin prohibición

Venezuela destacó en la década del 90’ en varios informes de agencias de la ONU por la implementación de un sistema “exitoso” y “creativo”, que hoy ya no existe. Se trataba de los Centros de Amalgamación, un punto ubicado en la zona de Caruachi en el río Caroní al que los mineros llevaban su polvito de oro para amalgamarlo en condiciones seguras y de forma gratuita, destaca la Onudi en la evaluación mundial sobre el mercurio del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) (2005).

A partir de esta experiencia, la Onudi y la oenegé venezolana Pareca diseñaron un centro de procesamiento al que llamaron Uneca: Unidad de extracción y amalgama controlada de oro.

Operadores capacitados procesan el oro por medio de placas especiales de amalgamación o por lixiviación empleando el procedimiento electrolítico con NaCl (cloruro de sodio). Ambos métodos reducen el uso de mercurio. El proceso electrolítico de hecho elimina la amalgamación. Se usan retortas especiales y cámaras de combustión que funcionan bajo campanas de aspiración de gases provistas de filtros de carbón impregnado de yodo”, explica el Pnuma.

El servicio era integral. Los mineros procesaban el oro; recibían información sobre el hidrargirismo causado por los vapores de mercurio y la ingestión de pescado contaminado; eran asesorados sobre cómo mejorar su producción y los centros servían de lugar de reunión para otros fines de educación y organización. 

El consultor de Onudi, Marcello Veiga, explicó en su informe de 1997 que la inversión total de casi $ 250.000 para instalar una Uneca podía bajar drásticamente después de la instalación del primer centro, con la capacitación y transferencia de tecnología a técnicos locales. El cobro de $ 1 por kg de concentrado procesado permitía cubrir la mayor parte del costo operativo. A la par, el centro era un punto de descontaminación, pues también podían tratar los relaves producidos por los mineros.

Sergio Milano, coordinador del Centro de Investigación en Gestión Ambiental y Desarrollo Sustentable (Cigads) de la Universidad Nacional Experimental de Guayana (UNEG), recuerda que recién llegado a Guayana visitó el centro de amalgamación en el Bajo Caroní destacado por la Onudi. El punto no fue reinstalado, asegura, luego de que la segunda inundación del embalse de la central hidroeléctrica Guri en la década del 80’ dejara esta zona bajo el agua.

“La amalgamación era confinada y no contaminaba ni al ambiente ni a las personas. El mercurio se recuperaba y se reciclaba. Se sugería a la CVG que no abandonara ese proyecto y se siguiera replicando (…) La limitante de una idea como esa era la distribución geográfica. Si tienes un centro de concentración y procesamiento en el Bajo Caroní, ¿qué pasa con la gente de Las Claritas, por ejemplo? Para sacar un gramo de oro hay que procesar una tonelada de tierra. Deberían haber muchos centros en diferentes sitios”.

Esa es la misma limitante que observa en las plantas de cianuración instaladas en El Callao, que actualmente procesan las colas auríferas de los molinos que ya están contaminadas con mercurio, con una recuperación del 92% del oro contenido en el material rocoso. 

“Se cometió un error. Las plantas actuales procesan cientos de toneladas al día, pero como con los centros de procesamiento de Caruachi los mineros no tienen cómo transportar mil toneladas de tierra. Eso dificulta que el proceso sea eficaz. En El Callao ganan más, el rendimiento es mejor, pero los mineros en zonas distantes, en la selva, siguen usando mercurio”.

Para la bióloga y especialista en áreas naturales protegidas, Vilisa Morón, el mercurio no es una opción por las implicaciones en la salud, el ambiente y el negocio ilícito inmerso en su comercialización. “Hay diferentes métodos que pueden sustituir su uso, pero se requiere capacitar a los mineros, invertir en equipos y que las instituciones ambientales y técnicas afines tengan recursos para supervisar, ajustar y adaptar procesos que sean rentables”. A su juicio, el ambiente y la salud de la población son prioritarios, por lo que la minería debe ser confinada en los sitios de explotación histórica y debe ser eliminada de áreas protegidas y territorios indígenas.

Mientras eso sucede, es así como detrás del oro que alimenta grupos criminales y escapa por las fronteras con total complicidad gubernamental, detrás de esas pepitas logradas a punta de pico y pala, con maquinaria pesada y dragas, queda la huella tóxica que enferma y contamina en la Amazonía venezolana.

 

* Este nombre fue modificado para resguardar su identidad.

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CRÉDITOS

La huella tóxica del mercurio llegó a la Gran Sabana

Investigación y textos:

María Ramírez Cabello

 

Edición de textos:

Clavel Rangel Jiménez

 

Fotografías:

Fabiola Ferrero

Clavel Rangel Jiménez

 

Diseño y desarrollo web:

Roberth Delgado

 

Asesoría científica:

Vilisa Morón Zambrano